A pesar de todo, Cala Galdana sigue siendo una de las calas más bonitas de las Baleares
Es uno de los mayores despropósitos urbanísticos de Menorca (por desgracia, no el único), pero la fea primera línea de hoteles sobre la playa no consigue atenuar el encanto natural de esta cala. Sus acantilados de piedra caliza, salpicados de pinos encaramados en las rocas, contrastan con una arena blanca y un agua que tiende al color turquesa cuando los orines de los miles de bañistas que la visitan en verano no la tiñen de amarillo. Protegida de los vientos del N, fondear en cala Galdana, como en todas las calas del sur de Menorca, suele ser caótico en temporada. A pesar de su denso urbanismo y salvo algunos bares y restaurantes, los aprovisionamientos a 'walking distance' son escasos.








