Crucero mediterráneo: Los seductores encantos del ‘arrière-pays’ mallorquín
La expresión francesa ‘arrière-pays’ (literalmente: territorio de detrás) no tiene exacta traducción al castellano. Nuestra lengua solo diferencia entre costa e interior y lo más cercano sería traducirla como litoral, asumiendo que esta definición también incluye la costa. No tenemos palabra para definir esta imprecisa franja de tierra tras la primera línea de mar, suficientemente alejada, pero también suficientemente cerca para no ser aun considerada ‘tierra adentro’.
Mi abuelo explicaba la anécdota de que, de niño, conoció a una anciana vecina de Alayor que nunca había visto ni estado en el mar. Para quienes no conozcan el pueblo menorquín de Alayor, decir que queda en el centro de la isla, a menos de 10 kilómetros de la costa norte o sur y que apenas basta con subirse a la azotea de una casa del pueblo para ver la línea azul en el horizonte. Esta anécdota ilustra lo relativo que puede ser el concepto de litoral. Este territorio ligado al mar, pero a cierta distancia de la costa, es un concepto distinto en cada país, en cada municipio y para cada persona.
Todas las costas, y las islas generalmente de forma más marcada, tienen su ‘arrière-pays’ (‘hinterland’ en inglés). Navegando de crucero por nuestras zonas más turísticas, esta franja de tierra a pocos kilómetros de la costa tiene el encanto añadido de liberarnos -ni que sea por unas horas- del bullicio turístico de la primera línea de costa y de sus masificadas servidumbres.
Durante las vacaciones en barco, dedicar alguna jornada conocer estos pueblos del interior más inmediato ofrece un agradecido contraste que se saborea a un ritmo más pausado, lo que siempre es bienvenido.
Las poblaciones con Port
Centrándonos en Mallorca, su litoral es especialmente rico y atractivo. Hay puertos que directamente nacieron y florecieron –la mayoría de ellos gracias al turismo- al abrigo de un pueblo ligeramente desplazado al interior. Es el caso de Alcudia, Pollença, Soller o Andratx, cuyos homónimos municipios fundacionales siguen estando unos pocos kilómetros tierra adentro.
Vale la pena empezar con Alcudia este repaso del litoral mallorquín, pues ilustra perfectamente el desencuentro que puede haber entre un puerto y un pueblo con el mismo nombre. No descubrimos nada recordando que rl Port de Alcudia tiene un urbanismo feo y poco acogedor. Esta condición, rematada con la desagradable central térmica rematando la fachada marítima, empapa también los negocios del Port, donde cuesta encontrar algún comercio o restaurante con una oferta que se libre de los clichés turísticos más trillados.
En contraste, y a poco más de 1,5 km. del Port, el pueblo de Alcudia tiene uno de los centros históricos más interesantes y bien cuidados de la isla. Es una escala muy recomendable y vale la pena perderse un rato paseando sin rumbo fijo por las estrechas callejuelas, que invitan a chafardear por sus variados comercios de artesanía o productos locales, para acabar tomando un refresco o comiendo en alguno de los locales de restauración que hay por el pueblo.
Por fuera de la muralla y lindando con el casco antiguo de Alcudia están las interesantes ruinas romanas de Pollentia, en las que se han desenterrado los restos de algunas casas, calles y de la vieja muralla. También se ha dejado a la vista un teatro excavado en la roca con capacidad para unas 2.000 personas, lo que da idea de la importancia que este enclave tenía para el Imperio.
A apenas 11 km. desde Alcudia, por la simpática carretera que bordea la bahía, está el Port de Pollença (que no es la Pollentia de los romanos). Esta distancia se duplica navegando, pues hay que doblar el cabo del Pinar para salir de la bahía de Alcudia y luego entrar en la bahía de Pollença.
El pueblo de Pollença queda a unos 5 Km. tierra adentro de su Port. La carretera hace una ligera subida (50 mts.) pero se puede llegar tranquilamente con la bici plegable del barco o alquilando una ‘de verdad’ o eléctrica en alguno de los locales ad hoc del puerto. También se puede coger el bus o un taxi. Todo y recibir bastantes visitantes en verano, el ambiente de Pollença es infinitamente más tranquilo que el del puerto y sus playas adjuntas. Las estrechas y sombreadas calles del casco antiguo peatonal invitan a pasear y hay varias iglesias y museos que visitar. También hay un buen surtido de tiendas y locales de restauración en un ambiente con una elegancia superior al estándar de Mallorca. Subir las interminables escalinatas del Dimoni hasta la pequeña Capilla del Calvari es un reto para los que están más en forma.
30 millas más al sur y en el centro de la costa de Tramuntana, Soller recibe muchos de sus visitantes por tren, ya sea desde su puerto, cubriendo los apenas 3 kilómetros hasta el pueblo con el centenario trenecito de madera, o por el también histórico tren que llega desde Palma tras un bonito recorrido por la campiña mallorquina. Recalando con el barco en el Port de Soller, subir al pueblo es una visita casi obligada.
Una vez en el pueblo, los comercios del pequeño centro peatonal ofrecen un surtido de especialidades mallorquinas (pastelería, charcutería, alfarería, calzado, etc.) que van más allá del habitual tipismo turístico. Entre mis favoritas está Can Oliver (C/ de Sa Lluna , 25), especializada en tejidos mallorquines. Y si la ocasión lo permite, el restaurante de Ca’s Pentinadó (c/ Castañer, 2) ofrece sabrosas especialidades de la isla en un local abierto en 1880 junto a la estación del tren.
Llegando por mar al Port d’Andratx, su homónimo pueblo es bien visible 3,5 kilómetros carretera arriba (70 mts. de altitud). El viejo pueblo no tiene ni los atisbos del animado ambiente cosmopolita que se respira a todas horas en el puerto. Las tiendas y locales de restauración del pueblo están mayormente enfocados a la clientela local. Subir a Andratx es pues una excursión que apreciarán quienes busquen unos momentos de cierto relax.
El Sur de la isla
La bahía de Palma es quizás la zona más desnaturalizada de Mallorca en su ‘arrière-pays’. La sostenida y potente influencia socioeconómica de la capital en su litoral (aeropuerto, zonas industriales, crecimiento inmobiliario, etc. . . ) sumada al propio magnetismo de Palma como ‘must see’ (catedral, casco antiguo, etc.,) y a un desarrollo turístico que partió en su momento desde unos terrenos prácticamente vírgenes en las playas limítrofes de la gran ciudad, hacen que el encanto del litoral de Sa Bahía sea limitado.
El municipio de Calviá, titular de buena parte de la costa oeste de la bahía de Palma, era un humilde villorrio cuando empezó el turismo hace ya muchas décadas. Hoy, este consistorio en uno de los más boyantes de España, pero la visita al pueblo no tiene mucho interés desde el punto de vista turístico.
El extremo de levante de la bahía de Palma (la zona de S’Arenal), pertenece a Lluchmajor, cuyo pequeño pueblo en el interior ocupa una de las superficies municipales más extensas de la isla. Por la costa, sus límites arrancan en estas playas de S’Arenal y se extienden hacia el este hasta el puerto de S’Estanyol, ya en la gran ensenada de la playa d’Es Trenc y pasados los acantilados del cabo Blanco.
Ya sea desde S’Arenal (11,5 km.), desde S’Estanyol (14,5 km.) o incluso desde Sa Rapita, Lluchmajor merece una visita. Su mercado al aire libre en la plaza central, sus iglesias, sus restaurantes de cocina mallorquina y su coqueto casco urbano sin pretensiones son una relajante alternativa al incesante follón que hay los núcleos turísticos costeros de este municipio en plena temporada. Hay transporte público desde cualquiera de los puertos.
Con el barco en S’Estanyol, Sa Ràpita o en la Colonia de Sant Jordi, los pueblos de Campos y Ses Salines son otras opciones de visita fácilmente accesibles en bici, pues hay poca distancia y el terreno es mayormente llano. La distancia es de apenas 9 km. sin desnivel desde Sa Rápita a Campos o de 4,5 km. desde La Colonia de Sant Jordi a Ses Salines.
Campos es un pueblo tradicional, con su mercado, su plaza y sus bares y restaurantes en un ambiente relajadamente intemporal y que –todavía- no ha sucumbido a los ritmos del turismo. Ses Salines tiene un núcleo urbano pequeño y atravesado por la carretera, pero se hace simpático, albergando varios buenos restaurantes, encabezados por Casa Manolo.
Por la costa este
La visita al pueblo de Santany no decepciona. Es el pueblo de referencia con el barco en Cala Figuera (a 4 km.), en Portopetro (a 6 km.) o incluso en Cala d’Or (a 8 km.). Su casco antiguo peatonal, con las viejas murallas medievales todavía visibles en algunos tramos, es muy agradable para pasear y los comercios del pueblo incluyen varias tiendas ‘chic’ de moda o decoración. Un buen lugar para hacerse con telas mallorquinas, alfarería o cristalería local, aprovechando de que viajando en barco no hay las limitaciones de exceso de equipaje que encuentran quienes hacen turismo en avión.
Llegando a Portocolom, Felanitx es el municipio más cercano, pero queda relativamente lejos (11,5 km.) y los ciclistas han de superar un desnivel de casi 200 m. por el camino. Tampoco es una visita con demasiados encantos turísticos. Dispuestos a hacer una excursión terrestre por esta zona, es más recomendable subir los 450 m. (con sus infinitas curvas) hasta lo alto del monasterio de San Salvador (a 6,5 km. de Portocolom a vuelo de pájaro). Desde lo alto se disfruta de unas imponentes vistas que llegan al faro de Formentor por el norte, a Cabrera por el sur y hasta la bahía de Palma por poniente. También hay un restaurante donde avituallarse.
La villa de Manacor, toma el relevo como centro vital del ‘arrière-pays’ con el barco amarrado en Porto Cristo (a unos 10 km. aprox.). Últimamente, el reclamo turístico más mediático de esta población, la segunda de Mallorca por número de habitantes (+40.000), son las magníficas instalaciones del Rafael Nadal Sports Center en las afueras del pueblo. Una experiencia ineludible para los amantes del tenis.
Completando la vuelta a la isla por el NE
En el extremo NE de Mallorca, el puerto de Cala Ratjada queda a apenas 2,5 km. de su pequeño pueblo fundacional de Capdepera, que destaca de lejos por su fuerte amurallado de defensa en lo alto de una loma pegada a la población. Este conjunto de defensa empezó a levantarse hacia 1300, tras la conquista de la isla por Jaime I, y se construyó sobre la antigua villa musulmana que había en el lugar. Estuvo en activo hasta 1850 (está muy bien conservado) y es una visita interesante. En los días claros, desde sus puestos de vigía se ve hasta Menorca mirando hacia el mar y buena parte de la bonita campiña del NE mallorquín mirando hacia tierra.
Desde Cala Ratjada o también desde el puerto de la Colonia de Sant Pere, ya en la bahía de Alcudia, es muy recomendable la visita al pueblo de Artá, que queda a poco más de 11 kilómetros desde ambos puertos. Su centro urbano peatonal está especialmente cuidado, con el monasterio dominando el pueblo desde una loma y las calles albergando numerosos edificios de interés histórico. Ojo a quienes piensen ir en bici, pues el pueblo queda a unos 140 metros de altitud, que pueden parecer muchos más bajo el sol veraniego. Las famosas cuevas de Artá no están en el pueblo, sino junto a la cala de Canyamel desde donde son accesibles a pie.
Con el barco en la Colonia de Sant Pere o en el Port de Alcudia, otras excursiones por el litoral llevan a los pequeños pueblos de Santa Margalida, Muro o Sa Pobla, muy próximos el uno del otro y a unos 8 km. de la línea de costa. No son poblaciones de especial relevancia turística y ese es en definitiva su mayor encanto. Una tranquila excursión en bici por las estrechas carreteras -de escasos desniveles- que unen estos parajes a modo de una tela de araña permite vislumbrar trazos de la Mallorca rural que se esconde tras la fachada turística de la isla.
Por: Maribel Roura
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