Últimas semanas de una temporada turística realmente atípica

Mar Abierto - Amanece en Fornells, Menorca

(19/ago/20) El turismo náutico ha salvado los números de numerosos comercios y restaurantes costeros. De la misma manera que los turistas de hotel son los grandes ausentes de la temporada, los navegantes y los propietarios de viviendas en las islas Baleares han maquillado un colapso sin precedente en el histórico de cifras de ocupación de las últimas décadas.

Grandes cadenas hoteleras operando en las Baleares están preparando el cierre de buena parte de sus hoteles a finales de agosto. La intención inicial de alargar la temporada hasta septiembre o incluso octubre que mostraban algunos empresarios se ha ido diluyendo como un azucarillo en el café a la vista de los acontecimientos.
Los comunicados de distintos gobiernos europeos requiriendo a sus ciudadanos que se abstengan de viajar a las islas Baleares han supuesto la puntilla a una temporada de verano que los empresarios turísticos tardarán en olvidar. Los repuntes de contagios por COVID-19 no cesan de aumentar en nuestro país y el otoño que está por llegar se muestra lleno de incógnitas. La incerteza no terminará hasta que haya una vacuna o un remedio para esta pandemia.
En este duro contexto, el turismo náutico –a menudo ninguneado por las administraciones- ha aguantado el tipo de forma muy consistente, llenando puertos y también bares, restaurantes y supermercados. Solo se han echado de menos los navegantes franceses o italianos que suelen menudear por las Baleares, compensados en buena parte por navegantes hispanos que han preferido quedarse este complejo verano navegando por las islas.
La afluencia de barcos que se daban cita en las playas del sur de Menorca y en otros fondeaderos concurridos de esta isla a primeros de agosto era incluso sorprendente. Las calas de Macarella, Turqueta, Mitjana o el Arenal de Son Saura, por no hablar de la Illa Colom o cala Pregonda han colgado el cartel de ‘completo’ varios días estas dos últimas semanas. Tanto por mar como por tierra. Mi sobrina, de vacaciones en Menorca con unas amigas, se encontró el aparcamiento de cala Turqueta lleno de las 7:30 de la mañana, con un guardia municipal que las conminaba a rehacer el camino de vuelta a Ciutadella.
Curiosamente, la bonita cala Galdana, la única de las calas del sur de Menorca con hoteles y chalés en su ribera, era proporcionalmente más tranquila de todas. Su preciosa playa en forma de concha apenas tenía hamacas, sombrillas ni bañistas, pues varios de sus hoteles estaban cerrados. Nada ha sido normal esta temporada.
Este verano se ha demostrado que viajar o chartear un barco es posiblemente la mejor y más atractiva manera de disfrutar de unas vacaciones condicionadas por la pandemia. Las posibilidades de contagio se resumen a las eventuales visitas al supermercado o a un restaurante. Desde un punto de vista de distanciamiento social, vivir en un barco con la familia es lo más parecido al confinamiento que recomiendan las autoridades sanitarias.